Domingo, 30 Agosto 2026 18:54
(Última modificación: Domingo, 30 Agosto 2026 18:56)
Han pasado varios meses desde que escribí que mi investigación comenzaba a tener forma, voz y futuro. En ese momento sentía que había encontrado un camino claro. Hoy sigo pensando que el camino es el correcto, pero también entiendo algo que entonces todavía no veía con tanta claridad: investigar no significa avanzar siempre en línea recta.
Durante estos meses mi tesis ha cambiado. No porque el tema haya dejado de interesarme, sino porque he aprendido a verlo con mayor precisión.
Sigo trabajando con los accesos universitarios y con la relación que construyen entre la universidad y la ciudad. Sigo interesado en esos espacios que durante mucho tiempo entendí como límites, pero que también pueden convertirse en lugares de encuentro, transición y vínculo. Lo que ha cambiado es la manera en que estoy formulando el problema y, sobre todo, la posición que ocupa la liminalidad dentro de la investigación.
Uno de los aprendizajes más importantes llegó con mi revisión anual. Hasta ese momento había construido buena parte de mi discurso alrededor de la liminalidad. Era una idea que me ayudaba a explicar muchas de las cosas que observaba y que, además, tenía una relación muy clara con la forma en que yo mismo entendía los accesos universitarios.
La revisión me obligó a hacerme una pregunta más sencilla, pero también más difícil: ¿qué estoy estudiando realmente?
Entendí entonces que la liminalidad no necesariamente debía ser el fenómeno principal de mi investigación. Puede funcionar mejor como una lente que me permite interpretar algo más amplio: la manera en que un acceso universitario articula, separa o negocia la relación entre dos ámbitos, la universidad y la ciudad.
Ese cambio parece pequeño cuando se escribe en una frase, pero para mí significó reorganizar muchas cosas.
Tuve que volver a revisar mis preguntas, mis objetivos y la relación entre los conceptos que había construido. También tuve que distinguir mejor entre el fenómeno que quiero comprender, el espacio concreto donde lo observo y las teorías que utilizo para interpretarlo. Algo que en el primer semestre parecía bastante claro comenzó a tener nuevas capas.
Y creo que ahí está uno de los aprendizajes más importantes que me ha dejado la maestría hasta ahora: aprender a aceptar que una investigación puede mejorar precisamente cuando alguien cuestiona aquello que uno ya daba por resuelto.
También he entendido que mi tesis no tiene que limitarse a describir los accesos universitarios ni a demostrar que son espacios liminales. Lo que comienza a tomar mayor fuerza es la posibilidad de construir una metodología que permita analizarlos de manera integral.
Actualmente estoy trabajando esa metodología desde tres dimensiones: la morfología del acceso, su relación urbana y la experiencia de quienes lo utilizan. Esto me ha permitido ordenar muchas ideas que antes aparecían dispersas. La forma física del espacio importa, pero también importa cómo se conecta con la ciudad, cómo se recorre, dónde se permanece, qué relaciones permite y qué significado adquiere para las personas.
En este proceso también he regresado a varios de los autores que han acompañado mi investigación. Leerlos nuevamente después de varios meses ha sido distinto. Ya no los estoy leyendo solamente para entender qué dicen, sino para saber exactamente qué pueden aportar a mi problema.
Turner sigue siendo fundamental para comprender la condición del umbral y la transición. Lefebvre me ayuda a recordar que el espacio no es únicamente una forma construida, sino algo que también se produce a partir de relaciones, prácticas y usos. Y Latour me obliga a mirar con más atención las conexiones entre personas, objetos, infraestructura y acciones que terminan construyendo una experiencia espacial.
Lo interesante es que ahora siento menos necesidad de hacer que un solo autor explique todo. Cada uno me ayuda a observar una parte diferente del problema.
También ha cambiado mi manera de entender la metodología. Antes la veía principalmente como el conjunto de herramientas que necesitaría para comprobar lo que estaba planteando. Hoy empiezo a verla como uno de los posibles resultados de la propia investigación.
Esa idea me interesa especialmente porque conecta con mi práctica como arquitecto. No quiero que la tesis termine únicamente en una interpretación teórica de dos casos de estudio. Me interesa que el proceso permita construir una forma de analizar otros accesos universitarios y reconocer cuándo funcionan solamente como mecanismos de control y cuándo realmente consiguen establecer una relación más compleja con la ciudad.
Creo que eso también habla de cómo he cambiado durante estos meses.
Al principio de la maestría me preocupaba mucho encontrar respuestas. Ahora me interesa más aprender a formular mejores preguntas.
He tenido que corregir, eliminar ideas que me gustaban, regresar a textos que creía haber entendido y reconocer que algunas cosas todavía necesitan tiempo. En una clase de creatividad, el Dr. Ocaranza nos dijo algo muy sencillo que se me quedó grabado: “no se casen con su primera idea”. Creo que esa frase resume bastante bien lo que he aprendido en este proceso. A veces una idea funciona para comenzar, pero no necesariamente para llegar al final. Curiosamente, cambiarla no hace que la investigación esté menos definida. Al contrario. Cada ajuste comienza a quitar lo que sobra y a dejar más claro lo que realmente quiero decir.
Si en mi primera entrada hablaba de descubrir que era capaz de generar conocimiento, ahora agregaría algo más: generar conocimiento también implica estar dispuesto a modificar lo que uno pensaba que ya sabía.
Mi investigación sigue hablando de límites y vínculos, pero hoy entiendo mejor que ese tránsito también está ocurriendo en mi propio proceso.
Quizá investigar sea precisamente eso: aprender a cruzar constantemente el límite entre lo que creemos entender y aquello que todavía necesitamos descubrir.

